Familia y Educación
 
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Familia y medios de comunicación

Conferencia pronunciada por D. Manuel de la Hera (Club Alba -GEA Cádiz) en el Colegio "Guadalete", El Puerto de Santa María, (Cádiz. España) el 25 de septiembre.2003


Queridas amigas y amigos: tenéis el muy honroso título de madres, unas, y de padres, otros. Tanto vosotras como vosotros debéis sentiros muy orgullosos de tal condición. No sólo orgullosos, que tal vez pudiera llevaros, en algún caso, a caer en la vanidad - a un exceso de estimación propia - sino enamorados de esa condición. Con ese mismo amor con el que un día decidisteis, de forma libre, consciente y llena de hermosa generosidad, convertíos en esposos por medio del Sacramento del Matrimonio.

Yo me honro, como ustedes, con ese mismo título, aunque ya tiene esa pátina que proporciona el paso del tiempo y que desearía que ustedes la apreciaran de tono sentado y suave, como el que da el tiempo a las pinturas al óleo. Es el valor del tiempo, el de esa pátina, el que hoy hace que me encuentre ante ustedes para disfrutar, simultáneamente, de la belleza y fuerza de la presencia de padres jóvenes, en la plenitud de sus vidas, y de tratar de exponer algunas ideas sobre FAMILIA Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN.

Puedo decirles, sin faltar a la verdad, que hace cuarenta años que sentí la necesidad de hablar con ustedes de algo que nos es común: la necesidad de crear una familia como manifestación de amor. De ese amor sereno, fuerte y profundo, que hay en cada alma que sabe de la caricia especialísima que es recibir la palabra de Dios - justa, amorosa y adecuada - como contestación a lo que le exponemos y le pedimos con fervor en la oración personal.

Hace cuarenta años ustedes no habían contraído matrimonio y quizá es posible que algunos ni siquiera hubieran nacido. Sin embargo, hace cuarenta años tuve mi primer contacto con lo que era y lo que pedía el mundo de la familia. En aquella ocasión me pidieron que les hablara a chicos que cursaban el último año de bachillerato en el Colegio "San Felipe Neri". Entre ellos estaba el mayor de mis hijos. A todos ellos les hablé con la misma sinceridad y cariño que a mi hijo. Les dije, entre otras cosas, que ya habían empezado a construir el futuro del mundo y que esa responsabilidad aumentaría con el paso de cada día.

Esas palabras me dije que habría de repetirlas en toda cuanta ocasión, más o menos similar, se me presentara. Ustedes, en estos momentos, son parte de esas personas a las que yo presentía que habría de decirles que sus hijos ya habían empezado a construir el futuro de un mundo que todos deseamos sea justo y amante de la verdad.

Ustedes, desde el mismo instante de su matrimonio ya sabían que a sus hijos les co-rrespondería esa misión; la continuidad de la que ustedes habían recibido, a su vez, de sus padres, y estos de los suyos, remontándonos así hasta aquél tiempo en que Jesús nos hizo partícipes, a los cristianos, de la gran misión de la humanidad: dar a conocer el mensaje del gran amor que Dios tiene a todos los seres humanos, en todos los tiempos.

Esa es la misión fundamental de la familia cristiana. Crear amor, siempre. Crear amor no sólo en el seno de la propia familia, sino en la totalidad de la sociedad por medio de la acción de la familia. Una familia cristiana no debe ser, nunca, una familia pasiva, falta de brío apostólico. Las familias cristianas deben remover la conciencia de la sociedad, llevando a ella la más pura esencia de amor que hay en las palabras de Cristo.

Es probable que más de uno os pueda decir que, hoy día, la labor de la familia, tanto en la intimidad de la misma como en su proyección hacia la sociedad, ha quedado disminuida y que lo que predomina es el ambiente creado por personas o agrupacio-nes poderosas, cuyos fines son esencialmente mercantilistas, que se apoyan, a veces, en la sensualidad y, siempre, tratando de que se viva dando culto al materialismo.

Es cierto que el ambiente, en nuestra sociedad, no es tan limpio como lo desean todas las personas con sentido de responsabilidad moral, personal y social. Pero ahí está la grandeza de la vocación que vive la familia cristiana; en luchar denodadamente con el arma del amor, nacido y fortalecido en el seno familiar, contra los medios que favorecen la pérdida de valores humanos, íntimamente ligados al sentir del espíritu cristiano.

Ahí está la grandeza de vuestra lucha, en defensa de vuestros hijos. ¡Luchar por ellos, sin descanso, con pasión, inteligencia y espíritu fuerte!. Esa lucha dejará huella fuerte, poderosa, noble y cargada de belleza exterior e interior. Esas huellas, de amor sereno y limpio, las tienen que dejar cada una de vuestras familias. Esas huellas vuestras no desaparecerán nunca. Serán huellas vivas, animadas por la fuerza del amor.

Puede que algunos intenten ignorar esas huellas, como está ocurriendo ahora con la Constitución que se ha preparado para Europa. Les cuesta trabajo expresar por escrito, sobre un papel, algo que está escrito, por medio de esas catedrales, monasterios y ermitas que se alzan desde hace muchos siglos en los suelos de toda Europa.

Sin embargo, la visión de esas catedrales se hace realidad, cada día, para mucha gente. Vuestras familias tienen que ser como esas hermosas catedrales que siguen firmes y que conforme pasan los años más alto significado alcanzan.

Hace diez días estuve en León y, como es natural, me acerqué a visitar su Catedral. No era la primera vez que la visitaba, así que, en esta ocasión, lo hacía para conocer detalles que no había sabido captar anteriormente y para dejarme inundar, de nuevo, por el colorido de la luz que dejaban pasar, hasta el interior de la Catedral, sus grandes y bellas cristaleras laterales y rosetones frontales.

Otras muchas personas se acercaban a la Catedral, al mismo tiempo que yo, atrave-sando la amplia plaza que hay frente a su portada. Algunos - no muchos - iban solos y había parejas, de mujeres y hombres, de diversas edades y nacionalidades. También se veían peregrinos, no muchos, de paso hacia Santiago de Compostela. Los más, formando grupos de quince o veinte personas, iban acompañados por un guía.

Unos se detenían allí, en la plaza y admiraban la arquitectura de esa gran maravilla. Otros se acercaban hasta la portada central del crucero para admirar el tímpano y arquivoltas, e incluso la antigüedad de las gruesas puertas de madera, con señales evidentes de deterioro. Los guías iban explicando con minuciosidad los detalles, y cada persona iba recogiendo, de lo que veía u oía, aquello que más impresión le hacía.

Detalles tanto del exterior como del interior de esa Catedral, que tardaron tres siglos en construirla, (siglos XIII al XVI), y que representó y representa la fuerza de la fe católica. Cada cual interpretaría a su manera esa realidad monumental de gran belleza.

Para unos no sería más que eso, un bello y grandioso monumento construido durante largo tiempo, con gran esfuerzo y delicadeza, y en el que se pueden ver detalles únicos.

Para otros sí que habría en sus mentes y en sus almas el conocimiento de que estaban en un templo dedicado al culto católico, aunque no se estuviera celebrando, en esos momentos, algún acto litúrgico.

Otros, si vieron una amplia capilla lateral. La capilla del Sagrario, cerrada con puertas batientes de cristal. Ante la puerta se leía, en diversos idiomas, este breve texto: AQUÍ SE ENTRA SÓLO PARA REZAR. Algunos entraban y rezaban. Éstos, en verdad, son los que descubrieron la verdadera razón de ser de esa bella y grandiosa Catedral. Un lugar, sumamente hermoso, sin duda, donde encontrarse con el Amor; el amor de Dios.

Les aseguro, queridas amigas y amigos, que en esa visita mía a la Catedral de León les tuve a ustedes muy presentes, pues el profesor Mario Serrano me hizo la petición de preparar esta disertación muy poco antes de que yo iniciara el viaje a aquella ciudad, por motivos familiares.

Me pareció oportuno y bueno unir a mis inquietudes familiares, concretamente las que se daban en esos momentos, con las que ustedes y yo sentimos siempre, continuamente, por nuestras familias.

Ustedes han estado allí, al mismo tiempo que yo. Es más, me atrevo a decir que ustedes - cada matrimonio aquí presente en este acto -fueron, para mi, la Catedral que visité con tanto cariño e ilusión.

Cada matrimonio aquí presente es una catedral humana, en la que se puede contemplar y admirar la huella profunda y hermosa del amor. Del amor a la familia y del amor a Cristo, que es quién hace posible ese amor.

A ustedes, a través de esa gran plaza que es el mundo, llegará mucha gente a lo largo de la vida. A veces será una persona sola, como es mi caso hoy, o tal vez una pareja de recién casados, la que se parará ante la fachada principal de esa catedral que es vuestra familia.

Se fijarán, antes que nada, en la fortaleza, cuajada de belleza, de las dos altas torres de esa fachada, que sois vosotros; madres y padres de familia.

Estáis ahí, en cualquier lugar de la sociedad de nuestro mundo, para recibir a quien llegue, con el decoro que la familia cristiana demanda. Esa pareja de recién casados tal vez quiera seguir vuestro buen ejemplo. Y lo querrá seguir con mayor convicción cuando, una vez admirado el pórtico, entre en el templo de vuestra intimidad y se vean envueltos con la luminaria de vuestra fe y de vuestro amor. ¡Cuán útil resultará ese luminoso ejemplo vuestro de amor a la verdad!.

Yo pensaba eso que os acabo de decir, cuando, dentro de la Catedral de León, veía a tanta gente sorprendida por la belleza del colorido, suave y armonioso, de la luz que, filtrada por las vidrieras de las paredes laterales, les envolvía.

Pensaba, al mismo tiempo, que en el seno de la familia, en lo que es el interior de nuestra catedral humana, hay que filtrar, para su purificación, muchos destellos de luces extrañas que llegan del exterior y que a veces resultan cegadores. ¡Cuánto amor y delicadeza, me decía, hay que poner en el diseño y fabricación de esas vidrieras humanas - las de cada familia -, así como firmeza en su instalación!

Sé que esa labor, la vuestra y la mía en nuestras familias, es sumamente difícil, por-que requiere una gran cantidad y calidad de valores humanos y, especialmente, una paciencia infinita, pero hay que afrontarla con inteligencia y con muchos sacrificios personales.

A veces se teme empezar esa labor, tan necesaria; pero si se quiere que en la familia, en nuestras catedrales humanas, se mantenga la alegría suave del amor, no dudemos en mantener viva la fe cristiana por medio de la oración.

Al igual que en la Capilla del Sagrario, de la Catedral de León, se mantiene la presen-cia real Señor, la familia cristiana ha de procurar mantener, en la intimidad del alma de cada uno de sus componentes, la presencia viva de la gracia de Dios. En las almas de las madres y en las de los padres ha de encontrarse situada la fuente del amor familiar. ¿Donde mejor?. En ellas se podrá poner un rótulo similar al de aquella Capilla: AQUÍ SE ENTRA SÓLO PARA ENCONTRAR AMOR.

San Josemaría, en el punto 429 de CAMINO, ha legado para toda la humanidad una afirmación que brotaba de su alma santa: "Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece".

Con esa actitud hay que estar en todas partes. Que se vea perfectamente y con claridad, por todo el mundo, cuál es la fuerza espiritual de la familia cristiana.

El mundo en el que está asentada la sociedad humana padece graves enfermedades en su espíritu y estas sólo serán curadas con la medicina divina del amor de Dios.

Las familias cristianas, con su ejemplo santo, tienen una especial labor en la recon-quista de la sociedad, librándola de la tiranía de la sensualidad, de la codicia, del egoísmo y del materialismo.

Esa reconquista es necesaria, tanto para llevar el bien a la sociedad como para defender los valores propios de la familia cristiana, a los que se ataca de muy diversas maneras, especialmente por la vía de penetración que son los medios de comunicación.

Estos medios, en sí mismos, son una extraordinaria conquista de la sociedad. Los necesitamos para nuestro desarrollo intelectual, para la agilidad en el conocimiento de lo que sucede en el mundo y, especialmente, para llegar, directamente, a la mente de muchísima gente. Si su mensaje es bueno, abrámosle la puerta. Si no lo es, cerrémosla.

Creo que la familia, en general, y la cristiana en particular, han de estimar en su justo valor a los medios de comunicación y utilizarlos debidamente. Hemos dicho que ha de verse con claridad y por todo el mundo cuál es la fuerza espiritual de la familia cristiana. Es un mandato divino al que hemos de dar respuesta positiva y diligente, utilizando para ello todos los medios honestos que la ciencia y la tecnología ponen al alcance de cualquier ser humano.

Los medios de comunicación tendrán el carácter que les impriman quienes los mane-jen. Pueden hacer el bien o el mal a multitud de personas. ¿Por qué los medios de comunicación no han de servir para llevar a todas partes el pensamiento cristiano sobre la familia?. Si los utilizan quienes tienen otro sentido de la vida, no hay razón algu-na para que no los utilicemos los cristianos para difundir el mensaje de Cristo.

Aquí, ahora, con esta comunicación humana por medio de la palabra, me honro expo-niendo ante ustedes, queridas madres y padres, la necesidad que tenemos de defender, denodadamente y con amor, los valores cristianos de nuestras familias. Esto no es exclusivamente un agradable acto social. Es, principalmente, una llamada a la responsabilidad que tenemos de defender con amor, inteligencia y tesón a nuestras familias, a sus valores humanos, a sus creencias y a su forma de entender la vida.

Con éste acto, al que asistimos, estamos utilizando el más antiguo de los medios de comunicación: la transmisión oral, cara a cara, de unos pensamientos. No se necesita más que la voluntad de reunirnos y un local que nos acoja. Pienso que cualquiera de las personas que asisten a éste acto, están en condiciones de hablar de éstas mismas cosas, y también de otras más elevadas, a cualquier público al que convenga que las oiga.

Os invito a que seáis audaces. A que pongáis vuestra capacidad de organización y conocimientos al servicio de vuestras familias. Hay que dar a conocer que en el mundo se debe vivir de forma edificante, y enseñar a vivir de esa forma a quienes, por cualquier causa, vivan de otra forma. En muchas ocasiones la gente se deja llevar por la corriente, sin saber que tienen medios para navegar, con éxito, contra ella.

¡Hay que dárselos a conocer, con todo cariño!. Son personas dignas de conocer lo que es la Verdad y el Amor de Dios, y de llegar a vivir en el Amor y la Verdad. Están esperando que alguien les conduzca a ese camino y cada persona de las aquí presentes puede y debe hacer mucho por los demás, por los que necesitan que se ilumine su mente con la luminaria de la fe y del amor.

Lo mismo puede decirse de la actuación en programas de radio, de televisión y escri-biendo en los periódicos. Hay que abrir esos medios de comunicación a cuestiones que tienen que ver con la defensa de los valores cristianos de la familia. Hay que ofrecerlos a todo el mundo, poniendo en ellos calidad y buen gusto. Serán aceptados con alegría por mucha gente que está hastiada de cosas desagradables, y que atentan contra el buen sentido moral de las familias.

No exagero al deciros que os están esperando. Hay deseos de recuperar la dignidad de mujeres y hombres libres; de vivir en ambientes en los que la gente no se sienta atenazada por la zafiedad, la sensualidad, el ataque a la vida, las drogas y cualquier otra manifestación contraria a la belleza y la verdad del amor cristiano.

Y los que más os esperan y necesitan son aquellos que, por derecho natural, por nacimiento en vuestra familia, os están mirando a los ojos desde que tenían muy pocos meses de edad; dos o tres meses a lo sumo. Erais, en aquellas circunstancias, lo más importante del mundo para ellos. Los que les proporcionabais todo lo que necesitaban para subsistir. Ya, entonces, fuisteis vosotros, madres y padres, los más perfectos medios de comunicación. Les disteis a conocer lo bueno y evitasteis, en lo humanamente posible, que lo malo se adueñara de ellos. Ahora, a cualquier edad, también os necesitan.

Ahora también debe mantenerse la mirada limpia y serena, llena de confianza, entre padres e hijos y para ello habrá sido necesario que, a lo largo de los años, nos hayamos mantenido los padres como los más eficaces y seguros medios de comunicación de nuestros hijos. La verdad siempre, en el diálogo y en el comportamiento. La claridad de ideas en todo cuanto acontezca, para que las opiniones estén bien fundamentadas; lo cual, evidentemente, nos hará estudiar mucho a los padres. ¿No creéis que ese esfuerzo nuestro lo merecen, sobradamente, nuestros hijos?.

No hay duda que tendremos necesidad de otras personas y también de centros de formación para que nos ayuden en esa labor. Pero sabéis bien que los padres no deben quedarse al margen de esa labor de comunicación que se lleve a cabo con nuestros hijos. Saber elegir las personas e instituciones más idóneas que han de acompa-ñarnos en esa espléndida tarea que es formar a quienes han de responsabilizarse, en su día, del futuro de la sociedad, es algo que demanda de nosotros lo mejor de nuestras capacidades. Y después prestarse ayuda mutua con toda nobleza. Habrá que seguir trabajando, con verdadero cariño, en esa labor de medio de comunicación, que cada persona es.

Cuando me referí a la Catedral de León señalé que había numerosos grupos de per-sonas que iban acompañados, cada uno de ellos, por un guía. Éste les comunicó lo que sabía. A ello añadía su cualidad humana de trato con la gente, su sensibilidad hacia las diversas artes que en la Catedral se concentraban, su historia y algún que otro detalle de opinión personal. La Capilla del Sagrario, la razón de ser de la Catedral, tal vez no entraba en el itinerario a seguir, con lo que algunos se quedarían sin entrar a rezar. ¿Nos aseguramos de que los que puedan actuar como guías de nuestros hijos, les darán a conocer la verdadera función de esa catedral humana que es la familia?.

También he citado la belleza de la luminosidad que proporcionan las vidrieras, famosí-simas, de aquella Catedral, y ello me dio pie para indicar que en el interior de nuestra familia, en el seno de ella, debe haber un ambiente luminoso y hermoso proporcionado por esas vidrieras que hemos de saber construir con los bellos colores de la paciencia, la comprensión, la dulzura, el amor a la verdad, la delicadeza en el trato a la hora de exigir y la nobleza al perdonar.

Son colores que nunca se olvidan, cuando se ha tenido la suerte de verse envueltos por ellos en la comunicación familiar. Son colores que se desean, que se necesitan, cuando no se ha disfrutado de ellos, y se ha estado expuesto, una y otra vez, al hiriente ardor de luces cegadoras, de luces que impiden ver el camino seguro a seguir; de luces que muchas veces conducen hacia la tragedia, el dolor y la desesperación.

Vosotros y yo tenemos obligación de ser los "tamizadores", las vidrieras, de todo cuanto los medios de comunicación traten de propagar, cueste lo que cueste.

Cada familia - cada catedral humana - debe organizarse de forma tal que pueda resistir y vencer los ataques que sufrirá a lo largo del tiempo. El ambiente de la sociedad se ha mostrado, últimamente, francamente hostil al fundamento de la familia, e incluso trata de que sea considerada exactamente igual que la familia lo que son verdaderas aberraciones. Las campañas habidas en favor de esa pretensión son de sobra conocidas por ustedes, a través de los medios de comunicación. Y habrá otras, cuando lo crean oportuno. La familia cristiana debe mostrar con su ejemplo - que es un medio de comunicación muy importante - la gran diferencia que existe entre ella y lo que pretenden. Evidentemente, recurrir a otros medios de comunicación será muy útil, pero no para la controversia sino con afán apostólico. Enseñar al que no sabe...

Los adolescentes y los jóvenes son el blanco preferido por el materialismo que nos rodea; quizá porque se encuentra poca resistencia en ellos. Resulta fácil encandilarlos; de ahí la necesidad de esas vidrieras humanas para que no sean cegados por luces traicioneras. Hay que proporcionarles espíritu de lucha para defender los valores fundamentales de la persona, especialmente los del espíritu cristiano.

A ese reto hay que responder con la creación de ambientes sanos, bajo el punto de vista moral, del buen gusto y de la propia estima. Que las chicas y los chicos se liberen de la estupidez reinante y que se sientan capaces de afrontar obras en las que el sacrificio personal, la inteligencia y el amor noble hacia los que sufren, sean sus grandes ilusiones.

La formación, desde pequeños, en el seno de la familia, en clubes juveniles, en cen-tros de formación y de estudios, plenamente identificados con el espíritu cristiano, así como el mantenimiento continuado de la atención y del trabajo en labores de asistencia social, hará que los jóvenes se den cuenta de que su vida puede y debe ser útil para la humanidad; cosa que no se aprende en el ambiente, degradante, que hoy existe.

Ustedes, mis queridos amigos, madres y padres que quieren a sus hijos, son los me-dios de comunicación básicos para ese fin, tanto en el seno familiar como en cualquier lugar de la sociedad. Su labor puede incrementarse si se deciden a formar parte de los equipos de noticias, análisis y opinión de medios tales como radio, prensa, TV, grupos de estudios de actualidad, conferenciantes y cualquier otra actividad que signifique llegar a la gente para hablarles de la verdad del amor, de la justicia y de la paz

Para finalizar les diré que ya hay, en España, organizaciones dedicada a los medios de comunicación. Están naciendo y hay que desearles un feliz y eficaz crecimiento. Por lo que se refiere a la TV, la Asociación de Telespectadores Andaluces , con residencia en Sevilla, calle Gravina, 13 y 15, Bloque 1, Bajo A, Tfº 954217344 se ocupa de defender los principios y fundamentos cristianos de la familia y de la sociedad.

Llenen, con fe, entusiasmo, inteligencia y trabajo honrado los medios de comunicación. La sociedad lo agradecerá y yo, con gran cariño, les doy las gracias por su amable atención en este acto