Queridas amigas y amigos: tenéis el muy honroso título de madres,
unas, y de padres, otros. Tanto vosotras como vosotros debéis
sentiros muy orgullosos de tal condición. No sólo orgullosos,
que tal vez pudiera llevaros, en algún caso, a caer en la vanidad
- a un exceso de estimación propia - sino enamorados de esa condición.
Con ese mismo amor con el que un día decidisteis, de forma libre,
consciente y llena de hermosa generosidad, convertíos en esposos
por medio del Sacramento del Matrimonio.
Yo me honro, como ustedes, con ese mismo título, aunque ya tiene
esa pátina que proporciona el paso del tiempo y que desearía que
ustedes la apreciaran de tono sentado y suave, como el que da
el tiempo a las pinturas al óleo. Es el valor del tiempo, el de
esa pátina, el que hoy hace que me encuentre ante ustedes para
disfrutar, simultáneamente, de la belleza y fuerza de la presencia
de padres jóvenes, en la plenitud de sus vidas, y de tratar de
exponer algunas ideas sobre FAMILIA Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN.
Puedo decirles, sin faltar a la verdad, que hace cuarenta años
que sentí la necesidad de hablar con ustedes de algo que nos es
común: la necesidad de crear una familia como manifestación de
amor. De ese amor sereno, fuerte y profundo, que hay en cada alma
que sabe de la caricia especialísima que es recibir la palabra
de Dios - justa, amorosa y adecuada - como contestación a lo que
le exponemos y le pedimos con fervor en la oración personal.
Hace cuarenta años ustedes no habían contraído matrimonio y
quizá es posible que algunos ni siquiera hubieran nacido. Sin
embargo, hace cuarenta años tuve mi primer contacto con lo que
era y lo que pedía el mundo de la familia. En aquella ocasión
me pidieron que les hablara a chicos que cursaban el último año
de bachillerato en el Colegio "San Felipe Neri". Entre ellos estaba
el mayor de mis hijos. A todos ellos les hablé con la misma sinceridad
y cariño que a mi hijo. Les dije, entre otras cosas, que ya habían
empezado a construir el futuro del mundo y que esa responsabilidad
aumentaría con el paso de cada día.
Esas palabras me dije que habría de repetirlas en toda cuanta
ocasión, más o menos similar, se me presentara. Ustedes, en estos
momentos, son parte de esas personas a las que yo presentía que
habría de decirles que sus hijos ya habían empezado a construir
el futuro de un mundo que todos deseamos sea justo y amante de
la verdad.
Ustedes, desde el mismo instante de su matrimonio ya sabían que
a sus hijos les co-rrespondería esa misión; la continuidad de
la que ustedes habían recibido, a su vez, de sus padres, y estos
de los suyos, remontándonos así hasta aquél tiempo en que Jesús
nos hizo partícipes, a los cristianos, de la gran misión de la
humanidad: dar a conocer el mensaje del gran amor que Dios tiene
a todos los seres humanos, en todos los tiempos.
Esa es la misión fundamental de la familia cristiana. Crear amor,
siempre. Crear amor no sólo en el seno de la propia familia, sino
en la totalidad de la sociedad por medio de la acción de la familia.
Una familia cristiana no debe ser, nunca, una familia pasiva,
falta de brío apostólico. Las familias cristianas deben remover
la conciencia de la sociedad, llevando a ella la más pura esencia
de amor que hay en las palabras de Cristo.
Es probable que más de uno os pueda decir que, hoy día, la labor
de la familia, tanto en la intimidad de la misma como en su proyección
hacia la sociedad, ha quedado disminuida y que lo que predomina
es el ambiente creado por personas o agrupacio-nes poderosas,
cuyos fines son esencialmente mercantilistas, que se apoyan, a
veces, en la sensualidad y, siempre, tratando de que se viva dando
culto al materialismo.
Es cierto que el ambiente, en nuestra sociedad, no es tan limpio
como lo desean todas las personas con sentido de responsabilidad
moral, personal y social. Pero ahí está la grandeza de la vocación
que vive la familia cristiana; en luchar denodadamente con el
arma del amor, nacido y fortalecido en el seno familiar, contra
los medios que favorecen la pérdida de valores humanos, íntimamente
ligados al sentir del espíritu cristiano.
Ahí está la grandeza de vuestra lucha, en defensa de vuestros
hijos. ¡Luchar por ellos, sin descanso, con pasión, inteligencia
y espíritu fuerte!. Esa lucha dejará huella fuerte, poderosa,
noble y cargada de belleza exterior e interior. Esas huellas,
de amor sereno y limpio, las tienen que dejar cada una de vuestras
familias. Esas huellas vuestras no desaparecerán nunca. Serán
huellas vivas, animadas por la fuerza del amor.
Puede que algunos intenten ignorar esas huellas, como está ocurriendo
ahora con la Constitución que se ha preparado para Europa. Les
cuesta trabajo expresar por escrito, sobre un papel, algo que
está escrito, por medio de esas catedrales, monasterios y ermitas
que se alzan desde hace muchos siglos en los suelos de toda Europa.
Sin embargo, la visión de esas catedrales se hace realidad, cada
día, para mucha gente. Vuestras familias tienen que ser como esas
hermosas catedrales que siguen firmes y que conforme pasan los
años más alto significado alcanzan.
Hace diez días estuve en León y, como es natural, me acerqué
a visitar su Catedral. No era la primera vez que la visitaba,
así que, en esta ocasión, lo hacía para conocer detalles que no
había sabido captar anteriormente y para dejarme inundar, de nuevo,
por el colorido de la luz que dejaban pasar, hasta el interior
de la Catedral, sus grandes y bellas cristaleras laterales y rosetones
frontales.
Otras muchas personas se acercaban a la Catedral, al mismo tiempo
que yo, atrave-sando la amplia plaza que hay frente a su portada.
Algunos - no muchos - iban solos y había parejas, de mujeres y
hombres, de diversas edades y nacionalidades. También se veían
peregrinos, no muchos, de paso hacia Santiago de Compostela. Los
más, formando grupos de quince o veinte personas, iban acompañados
por un guía.
Unos se detenían allí, en la plaza y admiraban la arquitectura
de esa gran maravilla. Otros se acercaban hasta la portada central
del crucero para admirar el tímpano y arquivoltas, e incluso la
antigüedad de las gruesas puertas de madera, con señales evidentes
de deterioro. Los guías iban explicando con minuciosidad los detalles,
y cada persona iba recogiendo, de lo que veía u oía, aquello que
más impresión le hacía.
Detalles tanto del exterior como del interior de esa Catedral,
que tardaron tres siglos en construirla, (siglos XIII al XVI),
y que representó y representa la fuerza de la fe católica. Cada
cual interpretaría a su manera esa realidad monumental de gran
belleza.
Para unos no sería más que eso, un bello y grandioso monumento
construido durante largo tiempo, con gran esfuerzo y delicadeza,
y en el que se pueden ver detalles únicos.
Para otros sí que habría en sus mentes y en sus almas el conocimiento
de que estaban en un templo dedicado al culto católico, aunque
no se estuviera celebrando, en esos momentos, algún acto litúrgico.
Otros, si vieron una amplia capilla lateral. La capilla del
Sagrario, cerrada con puertas batientes de cristal. Ante la puerta
se leía, en diversos idiomas, este breve texto: AQUÍ SE ENTRA
SÓLO PARA REZAR. Algunos entraban y rezaban. Éstos, en verdad,
son los que descubrieron la verdadera razón de ser de esa bella
y grandiosa Catedral. Un lugar, sumamente hermoso, sin duda, donde
encontrarse con el Amor; el amor de Dios.
Les aseguro, queridas amigas y amigos, que en esa visita mía
a la Catedral de León les tuve a ustedes muy presentes, pues el
profesor Mario Serrano me hizo la petición de preparar esta disertación
muy poco antes de que yo iniciara el viaje a aquella ciudad, por
motivos familiares.
Me pareció oportuno y bueno unir a mis inquietudes familiares,
concretamente las que se daban en esos momentos, con las que ustedes
y yo sentimos siempre, continuamente, por nuestras familias.
Ustedes han estado allí, al mismo tiempo que yo. Es más, me atrevo
a decir que ustedes - cada matrimonio aquí presente en este acto
-fueron, para mi, la Catedral que visité con tanto cariño e ilusión.
Cada matrimonio aquí presente es una catedral humana, en la
que se puede contemplar y admirar la huella profunda y hermosa
del amor. Del amor a la familia y del amor a Cristo, que es quién
hace posible ese amor.
A ustedes, a través de esa gran plaza que es el mundo, llegará
mucha gente a lo largo de la vida. A veces será una persona sola,
como es mi caso hoy, o tal vez una pareja de recién casados, la
que se parará ante la fachada principal de esa catedral que es
vuestra familia.
Se fijarán, antes que nada, en la fortaleza, cuajada de belleza,
de las dos altas torres de esa fachada, que sois vosotros; madres
y padres de familia.
Estáis ahí, en cualquier lugar de la sociedad de nuestro mundo,
para recibir a quien llegue, con el decoro que la familia cristiana
demanda. Esa pareja de recién casados tal vez quiera seguir vuestro
buen ejemplo. Y lo querrá seguir con mayor convicción cuando,
una vez admirado el pórtico, entre en el templo de vuestra intimidad
y se vean envueltos con la luminaria de vuestra fe y de vuestro
amor. ¡Cuán útil resultará ese luminoso ejemplo vuestro de amor
a la verdad!.
Yo pensaba eso que os acabo de decir, cuando, dentro de la Catedral
de León, veía a tanta gente sorprendida por la belleza del colorido,
suave y armonioso, de la luz que, filtrada por las vidrieras de
las paredes laterales, les envolvía.
Pensaba, al mismo tiempo, que en el seno de la familia, en lo
que es el interior de nuestra catedral humana, hay que filtrar,
para su purificación, muchos destellos de luces extrañas que llegan
del exterior y que a veces resultan cegadores. ¡Cuánto amor y
delicadeza, me decía, hay que poner en el diseño y fabricación
de esas vidrieras humanas - las de cada familia -, así como firmeza
en su instalación!
Sé que esa labor, la vuestra y la mía en nuestras familias, es
sumamente difícil, por-que requiere una gran cantidad y calidad
de valores humanos y, especialmente, una paciencia infinita, pero
hay que afrontarla con inteligencia y con muchos sacrificios personales.
A veces se teme empezar esa labor, tan necesaria; pero si se
quiere que en la familia, en nuestras catedrales humanas, se mantenga
la alegría suave del amor, no dudemos en mantener viva la fe cristiana
por medio de la oración.
Al igual que en la Capilla del Sagrario, de la Catedral de León,
se mantiene la presen-cia real Señor, la familia cristiana ha
de procurar mantener, en la intimidad del alma de cada uno de
sus componentes, la presencia viva de la gracia de Dios. En las
almas de las madres y en las de los padres ha de encontrarse situada
la fuente del amor familiar. ¿Donde mejor?. En ellas se podrá
poner un rótulo similar al de aquella Capilla: AQUÍ SE ENTRA SÓLO
PARA ENCONTRAR AMOR.
San Josemaría, en el punto 429 de CAMINO, ha legado para toda
la humanidad una afirmación que brotaba de su alma santa: "Todo
lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece".
Con esa actitud hay que estar en todas partes. Que se vea perfectamente
y con claridad, por todo el mundo, cuál es la fuerza espiritual
de la familia cristiana.
El mundo en el que está asentada la sociedad humana padece graves
enfermedades en su espíritu y estas sólo serán curadas con la
medicina divina del amor de Dios.
Las familias cristianas, con su ejemplo santo, tienen una especial
labor en la recon-quista de la sociedad, librándola de la tiranía
de la sensualidad, de la codicia, del egoísmo y del materialismo.
Esa reconquista es necesaria, tanto para llevar el bien a la
sociedad como para defender los valores propios de la familia
cristiana, a los que se ataca de muy diversas maneras, especialmente
por la vía de penetración que son los medios de comunicación.
Estos medios, en sí mismos, son una extraordinaria conquista
de la sociedad. Los necesitamos para nuestro desarrollo intelectual,
para la agilidad en el conocimiento de lo que sucede en el mundo
y, especialmente, para llegar, directamente, a la mente de muchísima
gente. Si su mensaje es bueno, abrámosle la puerta. Si no lo es,
cerrémosla.
Creo que la familia, en general, y la cristiana en particular,
han de estimar en su justo valor a los medios de comunicación
y utilizarlos debidamente. Hemos dicho que ha de verse con claridad
y por todo el mundo cuál es la fuerza espiritual de la familia
cristiana. Es un mandato divino al que hemos de dar respuesta
positiva y diligente, utilizando para ello todos los medios honestos
que la ciencia y la tecnología ponen al alcance de cualquier ser
humano.
Los medios de comunicación tendrán el carácter que les impriman
quienes los mane-jen. Pueden hacer el bien o el mal a multitud
de personas. ¿Por qué los medios de comunicación no han de servir
para llevar a todas partes el pensamiento cristiano sobre la familia?.
Si los utilizan quienes tienen otro sentido de la vida, no hay
razón algu-na para que no los utilicemos los cristianos para difundir
el mensaje de Cristo.
Aquí, ahora, con esta comunicación humana por medio de la palabra,
me honro expo-niendo ante ustedes, queridas madres y padres, la
necesidad que tenemos de defender, denodadamente y con amor, los
valores cristianos de nuestras familias. Esto no es exclusivamente
un agradable acto social. Es, principalmente, una llamada a la
responsabilidad que tenemos de defender con amor, inteligencia
y tesón a nuestras familias, a sus valores humanos, a sus creencias
y a su forma de entender la vida.
Con éste acto, al que asistimos, estamos utilizando el más antiguo
de los medios de comunicación: la transmisión oral, cara a cara,
de unos pensamientos. No se necesita más que la voluntad de reunirnos
y un local que nos acoja. Pienso que cualquiera de las personas
que asisten a éste acto, están en condiciones de hablar de éstas
mismas cosas, y también de otras más elevadas, a cualquier público
al que convenga que las oiga.
Os invito a que seáis audaces. A que pongáis vuestra capacidad
de organización y conocimientos al servicio de vuestras familias.
Hay que dar a conocer que en el mundo se debe vivir de forma edificante,
y enseñar a vivir de esa forma a quienes, por cualquier causa,
vivan de otra forma. En muchas ocasiones la gente se deja llevar
por la corriente, sin saber que tienen medios para navegar, con
éxito, contra ella.
¡Hay que dárselos a conocer, con todo cariño!. Son personas
dignas de conocer lo que es la Verdad y el Amor de Dios, y de
llegar a vivir en el Amor y la Verdad. Están esperando que alguien
les conduzca a ese camino y cada persona de las aquí presentes
puede y debe hacer mucho por los demás, por los que necesitan
que se ilumine su mente con la luminaria de la fe y del amor.
Lo mismo puede decirse de la actuación en programas de radio,
de televisión y escri-biendo en los periódicos. Hay que abrir
esos medios de comunicación a cuestiones que tienen que ver con
la defensa de los valores cristianos de la familia. Hay que ofrecerlos
a todo el mundo, poniendo en ellos calidad y buen gusto. Serán
aceptados con alegría por mucha gente que está hastiada de cosas
desagradables, y que atentan contra el buen sentido moral de las
familias.
No exagero al deciros que os están esperando. Hay deseos de
recuperar la dignidad de mujeres y hombres libres; de vivir en
ambientes en los que la gente no se sienta atenazada por la zafiedad,
la sensualidad, el ataque a la vida, las drogas y cualquier otra
manifestación contraria a la belleza y la verdad del amor cristiano.
Y los que más os esperan y necesitan son aquellos que, por derecho
natural, por nacimiento en vuestra familia, os están mirando a
los ojos desde que tenían muy pocos meses de edad; dos o tres
meses a lo sumo. Erais, en aquellas circunstancias, lo más importante
del mundo para ellos. Los que les proporcionabais todo lo que
necesitaban para subsistir. Ya, entonces, fuisteis vosotros, madres
y padres, los más perfectos medios de comunicación. Les disteis
a conocer lo bueno y evitasteis, en lo humanamente posible, que
lo malo se adueñara de ellos. Ahora, a cualquier edad, también
os necesitan.
Ahora también debe mantenerse la mirada limpia y serena, llena
de confianza, entre padres e hijos y para ello habrá sido necesario
que, a lo largo de los años, nos hayamos mantenido los padres
como los más eficaces y seguros medios de comunicación de nuestros
hijos. La verdad siempre, en el diálogo y en el comportamiento.
La claridad de ideas en todo cuanto acontezca, para que las opiniones
estén bien fundamentadas; lo cual, evidentemente, nos hará estudiar
mucho a los padres. ¿No creéis que ese esfuerzo nuestro lo merecen,
sobradamente, nuestros hijos?.
No hay duda que tendremos necesidad de otras personas y también
de centros de formación para que nos ayuden en esa labor. Pero
sabéis bien que los padres no deben quedarse al margen de esa
labor de comunicación que se lleve a cabo con nuestros hijos.
Saber elegir las personas e instituciones más idóneas que han
de acompa-ñarnos en esa espléndida tarea que es formar a quienes
han de responsabilizarse, en su día, del futuro de la sociedad,
es algo que demanda de nosotros lo mejor de nuestras capacidades.
Y después prestarse ayuda mutua con toda nobleza. Habrá que seguir
trabajando, con verdadero cariño, en esa labor de medio de comunicación,
que cada persona es.
Cuando me referí a la Catedral de León señalé que había numerosos
grupos de per-sonas que iban acompañados, cada uno de ellos, por
un guía. Éste les comunicó lo que sabía. A ello añadía su cualidad
humana de trato con la gente, su sensibilidad hacia las diversas
artes que en la Catedral se concentraban, su historia y algún
que otro detalle de opinión personal. La Capilla del Sagrario,
la razón de ser de la Catedral, tal vez no entraba en el itinerario
a seguir, con lo que algunos se quedarían sin entrar a rezar.
¿Nos aseguramos de que los que puedan actuar como guías de nuestros
hijos, les darán a conocer la verdadera función de esa catedral
humana que es la familia?.
También he citado la belleza de la luminosidad que proporcionan
las vidrieras, famosí-simas, de aquella Catedral, y ello me dio
pie para indicar que en el interior de nuestra familia, en el
seno de ella, debe haber un ambiente luminoso y hermoso proporcionado
por esas vidrieras que hemos de saber construir con los bellos
colores de la paciencia, la comprensión, la dulzura, el amor a
la verdad, la delicadeza en el trato a la hora de exigir y la
nobleza al perdonar.
Son colores que nunca se olvidan, cuando se ha tenido la suerte
de verse envueltos por ellos en la comunicación familiar. Son
colores que se desean, que se necesitan, cuando no se ha disfrutado
de ellos, y se ha estado expuesto, una y otra vez, al hiriente
ardor de luces cegadoras, de luces que impiden ver el camino seguro
a seguir; de luces que muchas veces conducen hacia la tragedia,
el dolor y la desesperación.
Vosotros y yo tenemos obligación de ser los "tamizadores", las
vidrieras, de todo cuanto los medios de comunicación traten de
propagar, cueste lo que cueste.
Cada familia - cada catedral humana - debe organizarse de forma
tal que pueda resistir y vencer los ataques que sufrirá a lo largo
del tiempo. El ambiente de la sociedad se ha mostrado, últimamente,
francamente hostil al fundamento de la familia, e incluso trata
de que sea considerada exactamente igual que la familia lo que
son verdaderas aberraciones. Las campañas habidas en favor de
esa pretensión son de sobra conocidas por ustedes, a través de
los medios de comunicación. Y habrá otras, cuando lo crean oportuno.
La familia cristiana debe mostrar con su ejemplo - que es un medio
de comunicación muy importante - la gran diferencia que existe
entre ella y lo que pretenden. Evidentemente, recurrir a otros
medios de comunicación será muy útil, pero no para la controversia
sino con afán apostólico. Enseñar al que no sabe...
Los adolescentes y los jóvenes son el blanco preferido por el
materialismo que nos rodea; quizá porque se encuentra poca resistencia
en ellos. Resulta fácil encandilarlos; de ahí la necesidad de
esas vidrieras humanas para que no sean cegados por luces traicioneras.
Hay que proporcionarles espíritu de lucha para defender los valores
fundamentales de la persona, especialmente los del espíritu cristiano.
A ese reto hay que responder con la creación de ambientes sanos,
bajo el punto de vista moral, del buen gusto y de la propia estima.
Que las chicas y los chicos se liberen de la estupidez reinante
y que se sientan capaces de afrontar obras en las que el sacrificio
personal, la inteligencia y el amor noble hacia los que sufren,
sean sus grandes ilusiones.
La formación, desde pequeños, en el seno de la familia, en clubes
juveniles, en cen-tros de formación y de estudios, plenamente
identificados con el espíritu cristiano, así como el mantenimiento
continuado de la atención y del trabajo en labores de asistencia
social, hará que los jóvenes se den cuenta de que su vida puede
y debe ser útil para la humanidad; cosa que no se aprende en el
ambiente, degradante, que hoy existe.
Ustedes, mis queridos amigos, madres y padres que quieren a sus
hijos, son los me-dios de comunicación básicos para ese fin, tanto
en el seno familiar como en cualquier lugar de la sociedad. Su
labor puede incrementarse si se deciden a formar parte de los
equipos de noticias, análisis y opinión de medios tales como radio,
prensa, TV, grupos de estudios de actualidad, conferenciantes
y cualquier otra actividad que signifique llegar a la gente para
hablarles de la verdad del amor, de la justicia y de la paz
Para finalizar les diré que ya hay, en España, organizaciones
dedicada a los medios de comunicación. Están naciendo y hay que
desearles un feliz y eficaz crecimiento. Por lo que se refiere
a la TV, la Asociación de Telespectadores Andaluces , con residencia
en Sevilla, calle Gravina, 13 y 15, Bloque 1, Bajo A, Tfº 954217344
se ocupa de defender los principios y fundamentos cristianos de
la familia y de la sociedad.
Llenen, con fe, entusiasmo, inteligencia y trabajo honrado los
medios de comunicación. La sociedad lo agradecerá y yo, con gran
cariño, les doy las gracias por su amable atención en este acto